La Catedral de Santa María de Burgos es una  joya del gótico, reconocida por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad y como uno de los templos más valiosos del mundo. Paso del Camino de Santiago.

Su construcción comenzó en el siglo XIII, al mismo tiempo que las grandes catedrales francesas de la región de París, y finalizó en los siglos XV y XVI, las agujas de la fachada principal, la capilla del Condestable y el cimborrio del crucero, elementos del gótico flamígero que dotan al templo de su perfil inconfundible . Su espléndida arquitectura y la colección excepcional de obras maestras que alberga –pinturas, sitiales del coro, retablos, tumbas y vidrieras– son un verdadero compendio de la historia del arte gótico.

El material utilizado piedra caliza extraída de Hontoria de la Cantera, es la base de sus elementos arquitectónicos, aunque a lo largo de todo el edificio se pueden encontrar muchos materiales como el cristal de las vidrieras, diferentes tipos de maderas para el mobiliario, los retablos y algunas esculturas, la plata, el oro, el acero en determinados elementos, los suelos con mármol y las sepulturas…

La  primera piedra de la Catedral de Burgos se colocó en el año 1221 por indicación del rey Fernando III el Santo, seguramente convencido de la necesidad de levantar un templo nuevo y más imponente por el otro gran mecenas de la Catedral de Burgos, el Obispo Mauricio, que había viajado por Francia para escoltar a la esposa del rey, Beatriz de Suabia, y que regresó a Burgos empapado del Gótico ya presente en Notre Dame o Reims.

Los obreros de la Edad Media, gente normal que fueron dirigidos por un arquitecto de origen francés. Algunos historiadores atribuyen la obra a Johan de Champagne, pero no se sabe con seguridad. Otros arquitectos y canteros que tambien participaron en la dirección de las obras fueron el Maestro Enrique, Juan de Colonia, Diego de Siloé, Vicente de Lamperez yRomea, Aparicio Pérez, Pedro Sanchez de Molina, y Martín Fernández.

La fachada principal de la Catedral,  desde la Plaza de Santa María.

Al descender por las escaleras que bajan a la plaza de Santa María se puede contemplar la fachada occidental del templo, inspirada en las de las catedrales de París y Reims.

En el cuerpo inferior se abre la Portada de Santa María, formada por tres arcos apuntados abren la Puerta Real, o del Perdón, el central, y las de la Asunción y la Inmaculada, los laterales. Esta portada era obra del siglo XIII y, con su iconografía dedicada a la Virgen, estaba considerada como la más importante manifestación escultórica de estilo gótico en Castilla, pero su grave deterioro obligó a reconstruir austeramente las puertas laterales, en 1663 por Juan de Pobes, y la central, en estilo neoclásico, con vano adintelado y frontón triangular, en 1790; en los tímpanos de las laterales se colocaron los relieves de la Concepción y la Coronación, salidos de la mano de Juan de Pobes, y en las enjutas, dos arquillos laterales dobles que cobijan sendas estatuillas.

El segundo cuerpo de la calle central de la fachada es obra del siglo XIII y en él se abre un rosetón de aire cisterciense, con tracería de estrella de seis puntas, o de sello de Salomón. En el tercer cuerpo de la misma calle se abre una elegante galería, jalonada por sendas agujas y varios pináculos, y formada por dos grandes ventanales con maineles y tracería de tres óculos cuadrilobulados; bajo los ocho arquillos que forman los maineles de ambos arcos están colocadas las estatuas de los ocho primeros reyes de Castilla, de Fernando I a Fernando III. Corona la calle una fina barandilla-crestería de arquillos ojivales sobre la que se alza una estatua de la Virgen con el Niño, acompañada de la leyenda, alusiva a la Madre de Cristo, Pulchra es et decora. Este remate fue realizado a mediados del siglo XV por Juan de Colonia.

Sobre las puertas laterales del primer cuerpo se alzan dos torres casi gemelas del siglo XIII y de tres cuerpos, con pilastras decoradas con pináculos y estatuas en sus ángulos, y con decorados vanos ojivales en cada cara de cada cuerpo: uno abocinado con mainel y tracería de óculo, tapado con vidrieras, en el primero; dos geminados sin mainel y sin tracería, en el segundo; y otros dos geminados con mainel y tracería, en el tercero.

Sobre estas torres, a mediados del siglo XV, Juan de Colonia elevó sendas agujas o chapiteles piramidales de base octogonal y de finos calados que configuraron definitivamente la silueta de la seo burgalesa. Su progenie suevoalemana coincide con el proyecto de la catedral de Colonia, que pudo conocer el maestro Juan, si bien las agujas de la ciudad alemana no se realizaron hasta el siglo XIX. Los chapiteles burgaleses fueron levantados con las aportaciones económicas del obispo Alonso de Cartagena y de su sucesor en la sede, Luis de Acuña, cuyos blasones, junto con los de la monarquía castellano-leonesa, aparecen en los antepechos que conectan con las cúspides de las torres. En estos antepechos el maestro Juan dispuso también la leyenda pax vobis y la escultura de Cristo mostrando las huellas de su Pasión, en uno, y la leyenda ecce agnus dei y una escultura de San Juan Bautista, en el otro.

Jalonan el conjunto de la fachada dos torrecillas poligonales, decoradas con arquillos lobulados, con pináculos y con estatuas y rematadas en agujas piramidales que ascienden hasta el arranque de las agujas de las torres; en su interior albergan sendas escaleras de caracol que ascienden al triforio y a las bóvedas de la catedral.

La Capilla del Condestable, del gótico isabelino

La capilla del Condestable o capilla de los Condestables es una capilla funeraria de planta centralizada, levantada en la girola de la catedral, en estilo Gótico flamígero y un incipiente Renacimiento.

Fue mandada construir por don Pedro Fernández de Velasco y Manrique de Lara (1), condestable de Castilla, y doña Mencía de Mendoza y Figueroa, hija del Marqués de Santillana y hermana del Cardenal Mendoza, que dirigió los trabajos durante las ausencias de su marido. La ejecución del proyecto corrió a cargo del artista burgalés Simón de Colonia, entre 1482 y 1494.

El retablo de la Capilla de Santa Ana. Es una pieza única del arte gótico hispano-flamendo de Gil de Siloé.

Fue construida en el último cuarto del siglo XV por la familia de arquitectos Colonia en estilo gótico isabelino. Atesora dos de las principales joyas artísticas de la seo castellana, el retablo mayor, obra maestra del escultor hispano-flamenco Gil de Siloé, y el sepulcro renacentista, de principios del siglo XVI, del obispo D. Luis de Acuña, realizado por el hijo del anterior, Diego de Siloé.

Retablo mayor, escena del abrazo de San Joaquín y Santa Ana, de Gil de Siloé.

Retablo mayor, escena del abrazo de San Joaquín y Santa Ana, de Gil de Siloé.

El retablo mayor está adosado al muro oriental. Se trata de una obra tardogótica ejecutada entre 1486 y 1492 por Gil de Siloé con la colaboración del pintor Diego de la Cruz, quien se encargó de la policromía, y dedicada a la genealogía de la Virgen a partir del personaje bíblico Jesé. El pintor Lanzuela intervino en el retablo entre 1868-1870 por iniciativa del duque de Abrantes.

La mazonería se organiza a manera de tapiz desplegado en un banco o predela y un cuerpo principal de tres registros verticales bien definidos, donde se disponen doseles y pináculos delicadamente calados que cobijan las figuras, todo ello sobre un fondo en azul celeste y estrellado. En el centro del banco, bajo un doselete corrido, aparece la escena de la Resurrección de Cristo con las Marías y San Juan, flanqueada en los espacios intermedios por San Pedro y San Pablo; en los extremos, los Cuatro Evangelistas, dos a cada lado. Varias escenas se superponen en las calles laterales: el obispo Acuña, ricamente ataviado con unas galas eclesiásticas en las que Siloé dio rienda suelta a su virtuosismo detallista, junto con sus familiares y canónigos; la aparición de Cristo a San Eustaquio; el Nacimiento de la Virgen; la Presentación de la Virgen; los Desposorios de la Virgen y San José; y San Joaquín con el ángel.

En la calle central se desarrolla lo más importante del programa iconográfico: en la parte inferior está Jessé, dormido, de cuyo pecho sale el árbol que representa la genealogía de la Virgen: los brotes laterales fructifican en las figuras de los reyes de Judá, que envuelven la escena central del abrazo de San Joaquín y Santa Ana ante la Puerta Dorada, de la cual emergen unas ramas que culminan en la parte superior en la imagen sedente de María con el Niño. Se trata de una exaltación de la Inmaculada Concepción de la Virgen, al tiempo que se glorifica su estirpe real. Escoltan a la Virgen y el Niño dos figuras femeninas de regio aspecto que alegorizan el Antiguo y el Nuevo Testamento, aunque también han sido interpretadas como la Sinagoga y la Iglesia, al llevar una los ojos cubiertos por un velo y portar sus manos las Tablas de la Ley y un cetro roto, e ir la otra con los ojos desvelados y coronada con un cetro íntegro. Un Calvario exento remata el retablo en el ático, con el sol y la luna fijados en el cielo abovedado. Diversas imágenes de santos se disponen en las pilastrillas de las entrecalles, la pulsera perimetral y el ático.

Escalera dorada

La obra fue encargada en 1519 por el cabildo de la catedral y el obispo Juan Rodrigue de Fon seca, quienes la costearon. Obra de Diego de Siloé inspirada en el renacimiento italiano, está esculpida con una gran riqueza iconográfica basada en los grabados de Nicoletto Rosex da Morena, Agustino de Jusi, fray Antonino de Onza, Galvanizo da Bresca y Agustino Veneciano. Los antepechos de hierro sobredorado (1523-1526) son del maestro francés Hilario. La escalera comunicaba la puerta de la Coronería con la catedral, salvando con mucha originalidad un desnivel de casi ocho metros. El arquitecto Charles Garnier se inspiró en ella para la gran escalera de la Ópera de París.

Actualmente la puerta de la Coronería está permanentemente cerrada, y la escalera ha perdido su uso para el tránsito público. Solo se utiliza para instalar en ella la custodia con el Santísimo Sacramento en Semana Santa (Jueves y Viernes Santo).

El cimborrio gótico plateresco, de Juan de Colonia, siglo XV.
La tumba del Cid Campeador y su esposa.

El Cristo de Burgos, una pieza devocional de gran valor sentimental para los cristianos

La imagen del Santo Cristo de Burgos, cuya devoción se extiende por varias Regiones de España y por numerosas naciones de Hispanoamérica, donde es conocido como “El Señor de Burgos”.

La capilla es una obra de estilo gótico, del siglo XIV, edificada sobre el antiguo claustro románico. La imagen es una singular talla realizada en madera policromada, cuyo origen está envuelto en la leyenda del mercader (que la encuentra en el mar en uno de sus viajes comerciales) y la entrega a los Agustinos de la ciudad, a cuyas oraciones se había encomendado. Tiene todas las articulaciones humanas, pelo natural y está revestida de piel de bóvido. A ella se atribuyen multitud de milagros.

La leyenda del Papamoscas

Papamoscas

Aquel muñeco que habita en la Catedral y representa una figura humana de rostro grotesco y peculiar tocado encierra una apasionante historia. Ubicado en el ventanal izquierdo del primer compartimento de la bóveda de la nave central, según se accede por la puerta de Santa María, el popular y querido Papamoscas significa mucho más que el inexorable transcurrir de las horas. Es un símbolo y, como tal, alberga una leyenda.

Data del siglo XVI, pero fue restaurado en el siglo XVIII. A pesar de ser una figura reconocible, a no pocos burgaleses su indumentaria les ha podido pasar desapercibida. Viste una especie de casaca roja, abotonada por delante, con amplio cuello terminado en puntas, y ceñida por un cinturón verde. Con la mano derecha, sostiene un papel de música y hace sonar la campana al paso de las horas, mientras abre y cierra la boca. Los cuartos de hora los marca su ayudante, el Martinillo, una figura más pequeña y de cuerpo entero que espera sobre un pequeño balcón entre dos campanas. Con un martillo en cada mano, da uno, dos o tres golpes, según sea el cuarto, la media o los tres cuartos.

Se desconoce cómo fue a parar allí aquella figura chusca del Papamoscas, pero su origen seguramente proceda de algún taller de relojeros venecianos. No obstante, los burgaleses se las han ingeniado para crearle una historia (una de tantas), que forma parte de la imaginación popular castellana.

Se dice que fue una obra encargada por el rey Enrique III ‘El Doliente’, quien tenía por costumbre acudir a rezar devotamente todos los días a la seo gótica. Un día, sus oraciones se vieron distraídas por la presencia de una hermosa muchacha, que entró silenciosamente en el templo y rezó ante la tumba de Fernán González. El rey la siguió al salir, hasta verla entrar en una vieja casona y, a lo largo de varios días, la misma escena se repitió sin variaciones. El monarca se sentía demasiado tímido para intentar siquiera entablar una conversación con la misteriosa joven.

Hasta que un día, la desconocida beldad dejó caer un pañuelo al paso del rey. Éste lo recogió devotamente y, acercándose a ella, se lo devolvió en silencio, sin que mediaran palabra en ese encuentro; apenas el esbozo de una dulce sonrisa. Solo, después de desaparecer más allá de la puerta, el rey escuchó un doloroso lamento que se le clavó en la memoria sin poderlo ya desterrar. Lo cierto fue que, a partir de entonces, la muchacha nunca volvió a aparecer por la Catedral, a pesar de que el monarca pasó días esperándola y buscándola por los rincones del templo. Cuando trató de saber algo de ella, le confirmaron que en la casa donde le había visto entrar todos los días hacía muchos años no vivía nadie, porque todos sus habitantes fallecieron víctimas de la peste negra.

Deseando retener aquella idílica visión de la joven en su memoria, encargó a un artífice que fabricara un reloj para la Catedral. Éste debía reproducir los rasgos de la muchacha en una figura que, además, al sonar las horas, lanzase un gemido como el que él había escuchado y no podía borrar de su recuerdo. Desgraciadamente, el artífice no logró siquiera aproximarse a la belleza que le había descrito el monarca. A la hora de reproducir su lamento, sólo logró que el muñeco lanzase un graznido, que años después se optó por que desapareciera.

Leyendas entorno a un reloj, un símbolo, del que también las páginas de la literatura universal han dejado constancia. Así, Víctor Hugo o Benito Pérez Galdós lo citan en alguna de sus obras. «No me avergüenzo de decir que jamás, en mis frecuentes visitas, perdí el encanto inocente de ver funcionar el infantil artificio del Papamoscas», escribió el autor de Fortunata y Jacinta.

La Virgen de la Leche

Detalle Virgen de la Leche

 

 

(1)Nació en Burgos en 1425, y fue camarero mayor del rey Enrique IV, virrey y gobernador de Castilla, señor de Medina de Pomar, de Briviesca, de Villadiego, de Belorado, de Salas de los Infantes y su sierra y de los valles de Soba y Ruesga, entre otros lugares.

En 1473 Enrique IV le nombró condestable de Castilla,2​ título que desde entonces fue hereditario. Participó en las batallas de Gibraltar y Archidona. Tomó parte en la conquista de Granada y, según la tradición, al volver achacoso y maltrecho de la guerra, su mujer, para justificar los muchos gastos que había incurrido durante su ausencia, le dijo: «Ya tenedes señor palacio nuevo en que posar, bosque en que folgar, y capilla en que vos enterrar»