Estamos en la Sierra del Pozo, una de las subsierras que forman la gran Sierra de Cazorla. Cerca de Pozo Alcón y junto el embalse de la Bolera empieza nuestra ruta de hoy. Dejamos los coches en la casa forestal del Molinillo, previamente hemos dejado otros vehículos cerca del Cortijo del Tío Clemente, donde terminará nuestra caminata.

El Molinillo es de esos lugares donde parece que el tiempo no pasa. Las puertas y ventanas de madera, las gallinas correteando, los pimientos puestos a secar en la ventana, la piara de cerdos en el corral. Todo un conjunto de detalles que hacen de esa vieja casa forestal una mina para los que nos gusta lo auténtico.

Detalles de una vida sencilla

Comenzamos a caminar por la Cañada del Mesto en dirección norte.  Cruzamos el río Guadalentín por el puente de la Cerrada de la Herradura. El sol todavía está muy bajo,  caminamos por la sombra con un frío intenso. Vamos dejando atrás la cola del pantano de la Bolera con su viejo puente derruido.

Ascendemos. Andrés nos va contando viejas historias de la zona. Como aquella del Cortijo de los tontos con aquel tonto que decía – Tonto mi padre, tonto mi hermano y tonto yo… ¡todos tontos!-

Camina que te camina y charla que te charla acabamos llegando al Cortijo del Puntal de Ana María, del que quedan pocas paredes en pié. Nos asomamos al puntal y disfrutamos de la profundidad del valle. Al fondo, mirando al sur sigue dominando la vista Sierra Nevada, lástima que el sol nos ciegue cuando la miramos.

El siguiente cortijo que encontramos es el del Raso del Peral, tras este llegamos al Cortijo del Poyo. Aquí nos desviamos y dejamos la Cañada del Mesto para surcar viejas sendas casi perdidas que nos elevan todavía más sobre el curso del Guadalentín. Atravesamos un hermoso pinar con ejemplares Salgareños impresionantes. De vez en cuando nos vamos asomando a algunos salientes para disfrutar de las vistas.

Tras varias revueltas en el camino la cuesta se empina y a su vez el corazón se va acelerando. La hija de Julio, como de costumbre, ha impuesto su ritmo y nos lleva  a todos haciendo la goma. Me voy dando cuenta de que no habrá parada para desayunar y decido sacar el paquete de nueces peladas que sabiamente había comprado un día antes.

Acabamos dejando el sendero y enfilamos un carril que en un falso llano nos sigue haciendo subir de cota. Encontramos a un cazador recechando, un forestal nos dice que vayamos con cuidado, que las armas las carga el diablo (nunca mejor dicho). Quizá mas bien el que debe de ir con cuidado es el cazador y su fiel guarda forestal. Hay que ser tonto para confundirnos con un muflón y pegarnos un tiro.

Tras dar alguna vuelta acabamos llegando al lugar y momento clave de la ruta. Decidimos parar por fin a comer, ¡mi estómago no se lo puede creer!. Le damos cuenta a los bocadillos y a las bebidas. Algunos nos acercamos al Tranco del Lobo para ver las vistas.

Nos encontramos de frente con la Sierra de la Cabrilla, de la que guardo tan gratos recuerdos por lo espectacular de sus paisajes. Vemos como continúa el Guadalentín río arriba. Observamos el Banderillas. Disfrutamos en definitiva de la grandeza de estas sierras. Toda una suerte tenerla tan cerca de casa.

Sin mucho tiempo para el deleite emprendemos el camino de vuelta. Estamos en diciembre y las horas de luz son escasas, tenemos el tiempo bastante justo para llegar a los coches. Volvemos. Ahora nuestro telón de fondo vuelve a ser  Sierra Nevada. Un sol cada vez mas bajo nos recuerda que se nos acaba la luz para disfrutar del espectáculo.

Volvemos a cruzar el extenso pinar. Cogemos una pista que nos llevará de bajada definitivamente hacia el cortijo del Tío Clemente. Hemos llegado. Es casi de noche y todavía hay que rescatar el resto de los coches. Ha sido un buen día de sierra.