Entramos en la recta final de la Primavera. Son también los últimos días de la recogida de la cereza. No se me ocurre por tanto mejor sitio para caminar que la Vall de Gallinera, ese valle auténtico, que perdura intacto del urbanismo salvaje que tanto daño ha hecho en el Pais Valencià. Un valle con una historia tan apasionante como trágica, cuna de moriscos, tierra de Al-Azraq -caudillo sarraceno que fue pesadilla de rey Jaume I-, y, como no, valle también de mallorquines, que llegaron a esta tierra para repoblarla tras la expulsión de sus habitantes moriscos en 1609.

Sobre las nueve de la mañana,  ya estamos en Benissivà. Antes de empezar a caminar nos tomamos un café en el bar de un simpático hombre, que nos cuenta algunas historias y curiosidades del valle. Un placer de conversación.

Con la cafeína corriendo por nuestras venas comienza la caminata. Ascendemos por pista pavimentada, rodeados de cerezos. Aprovechamos para coger prestadas algunas cerezas para probarlas -excelentes, como no podría ser de otra manera en La Gallinera-. Llegamos a la Font d’En Moragues donde llenamos una botella de agua extra, pues ya nos ronda por la cabeza alargar el trayecto previsto.

Pronto llegamos a zona de senda empedrada. Es el tramo más especial de la subida. Andamos por un camino que ya se pisaba hace cientos de años. Ante estos senderos siempre me ronda lo mismo por la cabeza, ¡Cuántas historias han visto estas piedras!. Estos senderos son un gran patrimonio que debemos proteger.

Tranquilamente llegamos hasta la cresta de la sierra Foradà, que haciendo un símil bien parece la cresta de una ola. Porque eso es lo que parece esta sierra, una ola que va remontando desde la Vall de Alcalà y que rompe en esta cresta para precipitarse de golpe sobre la Vall de Gallinera.

Nos acercamos hasta el Forat. Como es pronto no encontramos mucha gente. Nos tomamos nuestro tiempo para disfrutar en silencio de este capricho de la naturaleza.

Volvemos para hacer la visita obligada al Corral de la Cova del Moro. Un abrigo cegado por la mano del hombre al que se accede por una obertura artificial orientada al Sur. El resultado es un recinto cubierto en el que se recogía el ganado. A buen seguro en su tiempo tenía un altillo tal como se adivina.

Hasta aquí llegó la ruta prevista. Pero como suele pasar improvisamos y decidimos alargar la caminata -y mucho-. Optamos por visitar el Almiserà, punto más elevado del La Foradà Oriental. Caminamos pues hacia Levante por toda una serie de sendas, carriles, pistas y estrechas carreteras. Llegamos al Mirador del Xap, y de allí a los pies del Almiserà.

Visto desde aquí el pico, adivino que el ascenso no será un paseo. Accedemos por la empinada y tortuosa carretera que da servicio a las antenas y a la casa de vigilancia forestal. Ganamos altura con unas vistas privilegiadas al Mediterráneo, divisamos el Montgó, al golfo de Valencia, la marjal de Pego-Oliva y, por supuesto al valle de La Gallinera -impresiona la vista general la que se divisa desde aquí arriba-… Arriba comemos acompañados de la forestal que monta guardia en la caseta. Nos habla de algunas curiosidades del emplazamiento, también llamado alto del Xillibre. Tanto caseta forestal como antenas se asientan sobre un a antigua fortaleza omeya. Mientras escuchamos y comemos, el viento sopla con fuerza.

Nos despedimos y partimos en dirección a Benirrama. La bajada es por otra bonita senda, con demasiada piedra suelta, eso sí. Discurrimos bajo unos impresionantes cortados que se desploman desde el Almiserà. Pronto llegamos al Castillo de Gallienera, fortaleza musulmana que vigilaba el acceso al valle homónimo desde Levante, tal como hacía el Castillo de Alcalà desde Poniente. Ciertamente aparenta ser inexpugnable, un emplazamiento estratégico sin duda.

Seguimos perdiendo altura hasta que llegamos al despoblado morisco de Benimarsoc. Aquí seguimos las indicaciones del sendero de “Els 8 pobles”, sendero señalizado que recorre las ocho poblaciones que forman el valle de Gallinera.

A la altura de Benirrama algo falla. Erramos en un desvío y bajamos directos hasta la carretera principal del valle. Nos chupamos de ese modo dos kilómetros de asfalto y coches -no muchos por suerte-. Poco antes de llegar a Benialí reencontramos las indicaciones.

En Benialí alucinamos con su fuente y lavadero. Dos caños de agua enormes sacian nuestra sed y nos refrescan. Seguimos la marcha para llegar enseguida a Benissivà, nuestro pueblo de partida. Llegamos muy cansados tras recorrer 24 kilómetros. Entramos en el mismo bar del café de la mañana. Nos atiende el mismo hombre, que sigue igual de simpático. Ahora toca tomar algo fresquito mientras comentamos el paseo.