Despierto en un céntrico hotel de Salamanca, a tan sólo 5 minutos de la Plaza Mayor. El trayecto ha sido largo, pero bien ha merecido la pena, hemos pasado cerca de Ávila con su impresionante muralla, pero será otro capítulo. Llueve y desde mi balcón la vista del parque de Alamedinilla deja una bonito panorama del otoño.

La céntrica calle Toro nos lleva al corazón de Salamanca, con una frenética actividad comercial destacamos los Restos del Antiguo Convento de San Antonio el Real, cuya rehabilitación fue llevada a cabo para albergar una  tienda de la principal cadena textil en España. El antiguo claustro del convento, hoy es el Teatro Liceo. Llama mi atención el color de la piedra en los edificios, la piedra franca de Villamayor es un tipo de roca arenisca y arcillosa. Empleada en la construcción y ornamentación de fachadas por su fácil manipulación. Suele cortarse en las canteras de la localidad de Villamayor y sale limpia de codones y gabarros. La piedra, recién salida de cantera es de color amarillo pálido y adquiere el color rosado característico con el tiempo, y se debe en la mayoría de las ocasiones a la presencia de hierro que se oxida en contacto con el aire.

Y descubro la Plaza Mayor de Salamanca  es el centro de la vida social de la ciudad española de Salamanca. Construida en el periodo que va desde el año 1729 al 1756, en estilo barroco, por el arquitecto Alberto Churriguera. A la plaza, que cuenta con la consideración de Bien de Interés Cultural, Miguel de Unamuno la definió de la siguiente forma: «Es un cuadrilátero. Irregular, pero asombrosamente armónico». Es el corazón de la ciudad, de ahí recorro sus doraras calles, visitando la  Iglesia de San Martín, la Universidad, la Casa de las Conchas, las Catedrales y el verraco del Puente Romano.